Las diferencias entre la Colombia Humana que proponemos y Maduro

Es claro que, desaparecida la lucha armada en Colombia, esta dejó de ser la causa del miedo construido en la sociedad colombiana. El país estaría a punto de vivir como no lo ha hecho en décadas, la sensación de la ausencia del miedo dada la desaparición de las guerrillas de las Farc y prontamente del ELN. La sociedad sin miedo es la posibilidad concreta e inmediata de la sociedad democrática.

El miedo ha sido el instrumento fundamental con el que una casta política hereditaria ha podido gobernar sobre una mayoría de la población a la que ha excluido de las decisiones fundamentales y de la producción y el reparto de la riqueza. Esa casta política se ha hundido, hoy en una corrupción sin límites y ha llegado a niveles de incapacidad extremos para solucionar los problemas fundamentales que aquejan a la sociedad.

Desde el pasado el miedo ha sido el instrumento de la dominación.

Con el miedo buscaron quitarle las mayorías a Gaitán tildándolo de comunista, y al final lo asesinaron cuando él logró, a pesar de las masacres desatadas, la movilización nacional de las mayorías desposeídas y las clases trabajadoras que representaba.

Posteriormente, con el miedo desatado por el chulavismo, lograron paralizar la energía del pueblo gaitanista que buscaba las reformas democráticas prometidas desde el gobierno de Pumarejo. El país fue gobernado durante doce años por los aliados de Hitler, Mussolini y Franco, sin siquiera un tribunal que condenara los crímenes cometidos: un verdadero genocidio.

El miedo ha sido el instrumento de la dominación, de la subordinación de toda una sociedad a lo injusto, a la sinrazón, a la adoración irracional de la muerte misma, al matarse entre sí, a la corrupción. Tras el miedo nos han hecho odiar la paz, al otro diferente, a la diferencia, a la posibilidad del cambio, a quienes nada tienen y andan sin nada por las calles, a quienes

El miedo produce la desconfianza al cambio y la aceptación pasiva de la ignominia.

Así han podido impedir que se configure una mayoría democrática en Colombia. Han construido en la clase media el miedo al campesino y al joven de la barriada popular. Le tienen más miedo “al de abajo” que ven como amenaza, que a los dueños de los bancos que la dejan sin pensión, sin casa y sin trabajo. Con el miedo han impedido que los y las trabajadoras se organicen e incluso odien la organización, con el miedo silenciaron al campesino y le quitaron su derecho de ciudadanía. Con el miedo desataron un genocidio político sin resistencia en el país.

Ante la desaparición de las guerrillas y la lucha armada en Colombia, las castas políticas corruptas necesitan urgentemente una nueva razón para el miedo. De eso depende su continuidad en el poder.

Con la ayuda de los medios de comunicación más importantes, cuyos propietarios también necesitan del miedo, para vender más noticias, han encontrado la nueva bandera que aterroriza: el gobierno de Maduro, su política económica, o como la han denominado últimamente: el llamado “castrochavismo”, aún con Castro y Chávez ya muertos.

La estrategia consiste en llenar la conciencia de la gente con imágenes de un gobierno vecino, que permita el odio, la indignación generalizada, y logrado el efecto, los dueños de la estrategia, proceden a señalar a todos los que plantean un cambio en Colombia como imitadores de ese “modelo”. Así de nuevo surge el miedo y lo usan para generar la desconfianza contra todos los que plantean el cambio. Esperan así que ese miedo lleve a la gente a votar por los mismos para que continúe lo mismo: la violencia, la desigualdad social, la economía raquítica y fósil y sobretodo, el pillaje. La incapacidad, la injusticia y la corrupción quedan ocultas con el nuevo miedo.

Por tanto, hay que desnudar la mentira del miedo, si queremos la transformación de Colombia, si queremos un país que pueda dotar igualitariamente de capacidades a su gente y permitirle usarlas en libertad, y si queremos una democracia profunda en nuestro país.

¿Pretendemos construir en Colombia una imitación de la Venezuela actual y uniformar a la sociedad con boinas rojas?

El modelo venezolano se afinca en la distribución social de una renta petrolera, que es el producto del azar geológico y de su precio internacional y no de la capacidad productiva de su sociedad. Como toda renta, si su precio es alto, puede ser captada por grupos minoritarios como en las monarquías árabes, y enriquecerlos sustancialmente, o puede socializarse al conjunto de la población, o a clanes o tribus extensas, como intentaron líderes carismáticos y caudillos, como Nasser, Gadafi, Hussein o Chávez. Muchas veces el intento de socialización de la renta petrolera fue el reemplazo de una casta que se la apropiaba por otra.

Como lo demuestra la realidad, al bajar el precio del petróleo, se cae todo el edificio. Pero el descenso del precio del petróleo no es producto del azar; tanto su ascenso como su descenso, se construye políticamente y muchas veces ese camino político es la simple y terrible violencia bárbara. Vemos hoy, por ejemplo, zonas enteras en el medio oriente que quedan con su Estado destruido y con una desvertebración violenta de toda la sociedad impulsada por agentes externos con alta capacidad de destrucción y de terror.

Las invasiones de hoy en esos países no buscan reemplazar violentamente gobiernos por oposiciones, para supuestamente restablecer la democracia, sino que, como lo vemos en Siria, Irak, Libia, y Palestina, destruyen a la oposición, a los gobiernos, a los Estados y a las sociedades mismas. Zonas sin Estado, cubiertas por el pillaje militar de nuevos fascismos con ropaje religioso y sociedades nómadas sin destino y sin capacidad, aterrorizadas. Los nuevos “asesinos de masas” como los llama el filósofo Alain Badiou, dominan el territorio. En esas zonas solo prosperan los negocios del pillaje de las multinacionales del petróleo y del crimen.

Las zonas sin Estado y de los asesinos de masas, ya no solo están en el medio oriente, han pasado a Africa, el Sudán, Somalia, el Congo minero, la Nigeria poderosa también como país petrolero, y del Africa, las fuerzas que planifican la destrucción de estos Estados y Sociedades, sin destruir sus riquezas mineras, eso si, que se apropian, buscan pasar a la rica América Latina. Colombia ya ha sido un territorio explorado y martirizado por los “asesinos de masas” que crecen con el narcotráfico y que nosotros llamamos paramilitares.

El petróleo y el carbón no solo son las materias primas energéticas que producen el cambio climático y que entraña la amenaza más seria contra la vida en el planeta en millones de años ya transcurridos, sino que, además, conduce por dinámicas políticas, sociales y militares que produce la captura de la renta petrolera y que llevan a la barbarie.

Venezuela como país petrolero, padece los problemas de la distribución de la renta y la crisis de la caída del precio del petróleo, pero amplificados por una pésima política económica. Venezuela puede rehacerse a partir del dialogo de su sociedad en paz o seguir el camino de Siria e Irak. A la clase política corrupta de Colombia le conviene el camino de la violencia, es ese camino de destrucción social el que posibilita la generalización del miedo en nuestra propia sociedad. Pero el camino de la violencia en Venezuela, como el de Colombia, no implica para nada el reemplazo de un régimen por una democracia depositada como valor en virtud de los medios de comunicación, en la oposición; solo ingenuos pueden creer eso, el camino de la violencia tanto en Colombia como en Venezuela solo destruye sociedades y estados, no simplemente gobiernos, y deja el territorio en manos de los “asesinos de masas” y del pillaje, y claro está, de las multinacionales y sus negocios de minerales. La democracia en el mundo de hoy, no es producto de la injerencia de intereses ajenos a las sociedades sino solo producto del acuerdo propio de esas sociedades.

¿Es posible plantear seriamente una reproducción del modelo venezolano en Colombia? La respuesta es ¡No!

En primer lugar, porque lo que buscamos las fuerzas del cambio no es como repartir la renta petrolera o carbonera, sino como pasar a una economía con alta capacidad productiva, es decir cimentada en el trabajo y el saber humano.

La experiencia que la depredación del carbón y del petróleo ha dejado en la sociedad colombiana y en la naturaleza y el agua en nuestro territorio, nos ha permitido ver con claridad que nuestro camino no es construir un país inmerso y dependiente de la renta petrolera, o carbonera, a ese tipo de país nos llevó Pastrana, Uribe y Santos. Nada más parecido a la economía venezolana que la economía que nos ha dejado Pastrana, Uribe y Santos. A esa economía dependiente de la extracción de materias primas que producen el cambio climático en el mundo y que acaban todas las ramas de la economía productiva en nuestro país, la he llamado la Economía Raquítica y Fósil. El camino que proponemos como fuerzas del cambio es el de ser una potencia agraria y que desarrolle con fortaleza la capacidad industrial; y para ello debemos alejarnos del carbón y del petróleo.

Para construir una economía de alta capacidad productiva agroindustrial necesitamos no solo de la capacidad activa, planificadora y reguladora del estado, no solo de la capacidad de las ciudadanías locales para determinar el uso de su territorio, sino de la participación activa del mundo privado del país. Financiar un proceso de industrialización no es fácil, lograr una tenencia democrática sobre la tierra y el agua que nos permita usar su potencial productivo no es fácil; y no lo puede hacer solo el Estado. El mundo de la agricultura y del emprendimiento industrial es fundamentalmente un mundo privado del que se espera asociatividad y pluralismo democrático. Podemos construir cooperativas industriales en el pequeño y mediano municipio, con las gentes de allí mismo, asociaciones de trabajo para la economía creativa e inmaterial en las grandes ciudades, podemos lograr asociatividad de los campesinos y campesinas en pos de su transformación en granjeros, pero todos esos esfuerzos de crecimiento de la capacidad productiva, pasará siempre por la libre decisión de personas que son libres e independientes al Estado. Personas libres que para ser libres tienen que gozar de la educación y la cultura. Por eso la mayor capacidad que el estado puede entregar para la libertad, además de la vida física, es el impulso a la educación y la cultura universal.

Como lo demostramos en Bogotá Humana, no expropiamos a nadie, no alteramos la forma de vida de la clase media alta de la ciudad, no molestamos a ningún oponente del gobierno, ni a sus expresiones políticas, no intervenimos sus comunicaciones, ninguna familia tuvo que salir del país por nuestra acción gubernamental. Bogotá Humana logró una ciudad que pudiera reconocer su propia diversidad cultural como fuente de riqueza. La diversidad fue nuestra consigna: la Democracia multicolor.

La Bogotá Humana no repartió simplemente rentas, sino, sobre todo, capacidades. Alimentar al niño y la niña en su primera infancia, llevar el médico al hogar del estrato uno y dos de manera permanente, llevar la música clásica y la cultura a la niñez y a los colegios, lograr la inversión más alta en educación del país y de la historia, sostener por justicia y deber moral al viejo, lograr una movilidad que incluyera a los que tenían que caminar a la fuerza largas jornadas, o hacer del agua un derecho, no son formas de repartición de renta que anulen las capacidades productivas, sino que educación, salud, movilidad incluyente, cultura, son instrumentos, que incrementan las capacidades productivas de la sociedad.

No solo disminuimos la pobreza y la desigualdad social a su grado históricamente más bajo, sino que Bogotá Humana logró la tasa más alta de ocupación laboral de la historia de la ciudad.

El estallido espectacular de la cultura y el arte, tanto en su producción como en su presentación que vivimos en la Bogotá Humana, mostró un Estado capaz de brindar espacios, muros, lugares, y recursos, para la creación libre de las personas. El Estado en la Bogotá Humana no anuló la libertad de las personas, sino que se puso a su servicio.

Bogotá Humana mostró una institucionalidad pública que acompañó y no sustituyó la libertad humana.

Por eso no se puede equiparar nuestras propuestas económicas a las que se practican en Venezuela, y muchísimo menos, la práctica que sustituye la financiación del petróleo, dada la caída de su precio internacional, por la emisión de dinero para financiar el gasto social, lo cual provoca la hiperinflación.

Nos interesa mantener una disciplina monetaria que garantice que nuestros esfuerzos se centren en el crecimiento real de la productividad de la sociedad colombiana. El gasto social imprescindible para la disminución de la pobreza y la desigualdad no puede financiarse ni con rentas que dependen de factores externos, como la del petróleo y el carbón, y que se evaporan, ni por emisiones monetarias inflacionarias. El enriquecimiento general de una sociedad solo depende de su productividad, de su trabajo.

No nos interesa una economía de puerto que entregue la alimentación de su sociedad a las importaciones y por tanto a los intereses que manipulan la importación. Venezuela importa toda su alimentación y Colombia ya importa 13 millones de toneladas al año. Nosotros para convertir a Colombia en potencia agroindustrial y ambiental debemos reemplazar la importación por producción nacional lo que implica no solamente un papel activo del Estado, sino muy activo de sus campesinos y campesinas, de las universidades y de los y las emprendedoras que quieran producir alimentos. Y para convertir a Colombia en potencia ambiental debemos revitalizar nuestros ecosistemas, ordenar el territorio alrededor del agua y separarnos paulatina pero decididamente del carbón y del petróleo.

Así que lo que proponemos nada tiene que ver con la pretensión de los medios de ponernos una boina roja.

La democracia multicolor que proponemos para la Colombia Humana es un cambio real del país que se medirá en que las personas puedan ser lo que quieran ser. La política del amor, implica la comprensión del otro y de la otra, el entendimiento de lo que no es uno mismo, una construcción compartida, a dos, como dijera el filósofo Badiou, que es en realidad a millones, a multitudes.

Así que no se dejen engañar de los constructores del miedo, porque son ellos los constructores reales de la muerte y del pillaje en Colombia.

 

 

 

 

 

 

Autor: gustavopetroblog

Dirigente político progresista de Colombia

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